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¿Te han diagnosticado síndrome de desfiladero torácico?

El síndrome de desfiladero torácico (SOT) es una condición relativamente poco frecuente, compleja y que requiere una intervención profesional, especialmente del fisioterapeuta.

Si has recibido este diagnóstico te interesará leer este artículo donde hablaremos de qué es, cómo se presenta, cómo se diagnostica y cuál es su tratamiento y pronóstico.

¿Qué es el síndrome de desfiladero torácico?

El término “desfiladero torácico” hace referencia al espacio anatómico existente entre la base del cuello y la parte superior del tórax (entre la clavícula, la primera costilla y los músculos que cruzan esa zona) a través del cual pasan estructuras fundamentales como el plexo braquial (nervios que van al brazo), la arteria subclavia, la vena subclavia, entre otras.

Cuando esas estructuras sufren compresión o irritación por estrechamiento, malposición, variaciones anatómicas o posturas deficitarias, podemos hablar del síndrome.

Se distinguen tres tipos básicos, según cuál estructura esté implicada predominantemente:

  • Tipo neurológico (más frecuente): hay compresión de nervios del plexo braquial.
  • Tipo venoso: la compresión afecta a la vena subclavia o estructuras venosas.
  • Tipo arterial: la arteria subclavia presenta compresión o lesiones (menos frecuente y más seria).

La prevalencia exacta es difícil de establecer porque el diagnóstico puede retrasarse o confundirse con otros cuadros. Algunos estudios estiman aproximadamente 2 a 3 casos por cada 100 000 personas al año.

¿Por qué se produce el sindrome de desfiladero torácico?

Las causas pueden ser muy variadas e incluyen:

  • Variaciones anatómicas: una costilla cervical extra (llamado “cervical rib”), anomalías en la primera costilla o en la clavícula, bandas fibrosas.
  • Posturas mantenidas o repentinas: hombros adelantados, cabeza que se inclina hacia delante, elevación mantenida del brazo (por ejemplo, en trabajos de limpieza, construcción o ciertos deportes).
  • Hipertrofia o tensión muscular excesiva de músculos como los escalenos o el pectoral menor, que disminuyen el “espacio” por donde pasan los nervios/vasos.
  • Traumas: un golpe, latigazo cervical, fractura clavicular, etc., pueden desencadenar o agravar el síndrome.
  • Factores de carga repetitiva laboral o deportiva: movimientos por encima del hombro, levantamiento de peso, etc.

Si te han diagnosticado SOT, es probable que haya una combinación de predisposición anatómica + hábitos de postura/movimiento + quizá un factor desencadenante.

¿Cómo se manifiesta? Signos y síntomas

Los síntomas pueden variar mucho entre una persona y otra, porque depende del tipo (neurológico, venoso, arterial) y del grado de afectación.

En el tipo neurológico (el más habitual):

  • Hormigueo, adormecimiento o sensación de “corriente” que baja por el brazo, muñeca o mano (sobre todo en posiciones mantenidas).
  • Dolor, fatiga o pesadez en el brazo o en la mano, más marcada al elevar el brazo, al sostener peso o durante un trabajo repetitivo.
  • Debilidad o mayor dificultad para agarrar objetos, hacer tareas finas de la mano.
  • Puede haber dolor en el cuello, en la parte superior del tórax o en el hombro, muchas veces relacionado con la postura.
  • Sensación de frío o cambios en el color de la mano en algunos casos.

En los tipos venoso o arterial:

  • En la venosa: hinchazón del brazo, sensación de presión, cambio de color (rojizo-azulado) al hacer actividad o elevar el brazo.
  • En la arterial: palidez de la mano al elevar el brazo, pulsos disminuidos en determinadas posiciones, entumecimiento severo.

Diagnóstico

El diagnóstico del SOT es complejo y requiere una combinación de historia clínica, exploración física, pruebas de imagen y, en algunos casos, pruebas funcionales o electrodiagnósticas.

Debido a que los síntomas pueden imitar otras condiciones (como radiculopatía cervical, tendinopatía de hombro, síndrome del túnel carpiano, etc.), es clave que el personal sanitario haga una valoración exhaustiva. De hecho, el síndrome de desfiladero torácico suele ser un diagnóstico por exclusión.

La historia clínica y exploración física buscará alteraciones de la postura (hombros adelantados, cabeza adelantada, escápulas protraídas), puntos de tensión muscular (escalenos, pectoral menor), pulsos alterados según la posición, déficit sensitivo o motor leve, pruebas de provocación.

En algunos casos se requieren pruebas de imagen o electrofisiológicas:

  • Radiografía: puede mostrar costilla cervical, anomalías de la primera costilla o clavícula.
  • Ultrasonido/Doppler: en casos venosos o arteriales, para ver flujo o compresión vascular.
  • Tomografía o resonancia magnética: para ver los tejidos, espacios anatómicos, bandas fibrosas, etc.
  • Electromiografía o estudios de conducción nerviosa: en sospecha de compresión nerviosa.

Desde la fisioterapia se hará una valoración de la postura, la fuerza y la resistencia de los músculos de la zona, la movilidad de la columna cervical, torácica y hombro, el patrón respiratorio y los movimientos que desencadenan o alivian los síntomas.

Un dato relevante es que muchas publicaciones señalan que la definición del SOT sigue sin consenso absoluto; hay formas “verdaderas” y otras “disputadas” donde la compresión no está confirmada anatómicamente al 100%.

Por ello, cuando te digan “síndrome de desfiladero torácico” es importante que quede claro si se trata de una forma funcional (postural/compresión leve) o una forma estructural que podría necesitar intervención más allá de la fisioterapia.

Tratamiento desde la fisioterapia

La intervención fisioterapéutica es clave en la mayoría de los casos de SOT, especialmente en los de tipo neurogénico.

Los objetivos principales que se persiguen con fisioterapia son:

  1. Reducir la compresión: mejorando el espacio anatómico por donde las estructuras nerviosas o vasculares pasan, mediante la mejora de postura, la liberación de tensiones musculares y la movilización de las articulaciones implicadas.
  2. Mejorar la mecánica de la escápula y del hombro: una escápula que está adelantada o protraída genera un estrechamiento del desfiladero. Mejorar su posición y control funcional es clave.
  3. Corregir el patrón postural y de movimiento: cabeza adelantada, hombros caídos, brazo elevado de forma prolongada… todo ello debe modificarse para evitar la repetición o mantenimiento de la carga sobre el “desfiladero”.
  4. Fortalecer musculatura específica: sobre todo la musculatura escapular (trapecio medio e inferior, romboides, serrato anterior) y cuello dorsal/torácica. También se trabajan músculos respiratorios y estabilizadores del core si procede.
  5. Estirar musculatura acortada o hipertónica: como pectoral menor, escalenos, subclavio, etc., que pueden estar contribuyendo al estrechamiento.
  6. Reeducación respiratoria: ya que un patrón respiratorio incorrecto (sobreactivar musculatura accesoria del cuello) puede favorecer tensión en la zona.
  7. Evitar factores de agravio: modificar hábitos, ergonomía en el trabajo, deporte, pausas, evitar elevación prolongada del brazo, etc.
  8. Mantenimiento y prevención de recaídas: una vez mejorado el cuadro, el objetivo es consolidar los hábitos y ejercicios para evitar que reaparezca el problema.

Aunque cada caso debe valorarse individualmente, este sería un esquema general de una intervención típica de fisioterapia en el SOT:

1. Fase inicial:

  • Enfoque muy postural: sentarse con la espalda recta, alineación escapular, respiración.
  • Movilizaciones suaves de columna cervical y torácica, escápula, hombro.
  • Estiramientos de musculatura acortada o tensa (pectoral menor, escalenos, pectoral mayor, elevadores de la escápula).
  • Activación de musculatura escapular en rangos reducidos de movimiento (por ejemplo menos de 30° de abducción/flexión de hombro) para asegurar buen patrón de escápula.

2. Fase intermedia:

  • Aumentar la amplitud del hombro y brazo hasta rangos funcionales, perfeccionar la biomecánica del gesto.
  • Fortalecimiento con bandas elásticas o mancuernas ligeras (altas repeticiones, bajo peso) de los estabilizadores de la escápula, del manguito rotador y del complejo del hombro.
  • Ejercicios de control neuromuscular: retracción escapular, rotación externa de hombro, control del cuello y tórax.
  • Integración de patrones funcionales de brazo elevado, tareas de la vida diaria, trabajo, deporte.

3. Fase avanzada / retorno a la actividad:

  • Ejercicios más dinámicos, con mayor amplitud, quizá gestos deportivos o laborales específicos.
  • Evaluación de factores de riesgo de recaída (posturas, movimientos repetitivos, cadenas cinéticas).
  • Consolidación de hábito de ejercicio domiciliario para mantenimiento.
  • Monitorización de síntomas al incrementar carga o actividad.

¿Qué pronóstico tiene?

La buena noticia es que, en muchos casos, el pronóstico es favorable si se aborda de forma adecuada. Los pacientes tratados de forma conservadora tienen una tasa de mejoría de aproximadamente 90% según algunos estudios.

Sin embargo, hay que tener en cuenta factores que pueden influir en una peor evolución:

  • Síntomas de larga duración antes del tratamiento.
  • Sobrepeso u obesidad.
  • Posturas laborales o deportivas que no se corrigen y continúan generando carga.
  • Compresión vascular real o daño estructural severo que requiere cirugía.
  • Falta de adherencia al programa de fisioterapia y ejercicios domiciliarios.

Por tanto, cuanto antes se diagnostique y se inicie el tratamiento, sobre todo la parte de fisioterapia, mejores serán las posibilidades de recuperación.

¿Cuándo podrías necesitar cirugía?

Aunque la fisioterapia es el primer escalón, hay casos en los que la intervención quirúrgica está indicada, sobre todo en los tipos arteriales o venosos o en aquellos de origen estructural grave.

Algunos de estos criterios pueden ser:

  • Persistencia de síntomas a pesar de un programa de rehabilitación bien llevado (por ejemplo 4-6 meses o más) en formas neurológicas.
  • Evidencia de trombosis, daño vascular o isquemia del miembro.
  • Anatomía claramente alterada (costilla cervical, bandas fibrosas densas, etc.).
  • Pacientes que requieren retorno a actividad de alta demanda (deporte, laboral) y no logran mejorar sin intervención quirúrgica.

En esos casos, la cirugía suele implicar resección de la primera costilla, sección de músculos escalenos, liberación del plexo braquial, etc.

No obstante, es importante que tras la cirugía haya un programa de fisioterapia adecuado para maximizar los resultados.

En conclusión, si te han diagnosticado síndrome de desfiladero torácico has dado un paso importante: tener un diagnóstico permite actuar. La fisioterapia es la base del tratamiento en la mayoría de los casos, ya que puede evitar o retrasar la necesidad de cirugía, mejorar los síntomas y garantizar una mejor calidad de vida.

Recuerda que tu implicación es vital: la constancia, la modificación de hábitos, la adherencia a los ejercicios domiciliarios y la ergonomía marcan la diferencia. Si ves que los síntomas no mejoran o empeoran, no dudes en comunicárselo al profesional que te trate para valorar posibles estudios complementarios o derivación a especialista.

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Autora: Paula del Toro (Fisioterapeuta)

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